Crear hábitos alimenticios saludables es fundamental para lograr un bienestar general, especialmente si deseas sentirte lo mejor posible en tu vida diaria.

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Tal vez uno de los dolores más profundos que puede experimentar el ser humano, es el desamor,
la no correspondencia o la indiferencia del ser amado.

El amor, entendido como el sentimiento que une a dos personas, que además se desean
sexualmente, es quizá el estado emocional que mayor plenitud genera, ante la presencia del ser
amado nos sentimos cautivados, plenos, satisfechos, felices, es como si hasta ese momento, no
hubiéramos vivido plenamente.

Evidentemente esta sensación de bienestar extremo, nos lleva a idealizar y magnificar las
posibilidades de una nueva vida junto a nuestro amor, pero en realidad debemos ser conscientes
que esas sensaciones que en apariencia despiertan el otro en nosotros, en realidad son
manifestaciones internas, es nuestro deseo de amar, nuestra necesidad de dar y recibir afecto,
lo que da significado a esa persona, que hasta entonces no existía y de la cual no dependíamos
en lo absoluto.

El amor se vive como algo definitivo y permanente, se asocia directamente con el sentimiento de
eternidad y es que no es posible amar pensando que en algún momento se acabará, amar es
desorientarse, perder el norte y que esto suceda es bueno, pues tendremos la oportunidad de
descubrir una nueva dimensión de nosotros mismos.

Esta fascinación, causada por la sensación extrema de placer, nos lleva a caer en el peligroso
juego del autoengaño, nos negamos a ver los aspectos menos atractivos del otro, tendemos a
idealizarlo y a justificar cualquier acción o gesto que en otro momento y en otra circunstancia no
toleraríamos.

Sin embargo, el tiempo, la convivencia, el día a día, va desvelando al otro en su propia realidad y
condición humana, una verdad que estuvo desde el principio y nos negamos a ver, ir
descubriendo esos aspectos en el otro, en realidad, es una forma de conocernos a nosotros mismos
y es que amar es tal vez uno de los retos psicológicos más exigentes.

Amar implica la posibilidad de cambiar, de transformarnos, de diferenciarnos y no siempre
estamos preparados para esos cambios, es aquí cuando la relación con el otro, que en realidad
es una forma de relacionarnos con nosotros mismos, comienza a obstaculizarse, se torna
conflictiva o simplemente deja de ser satisfactoria y es cuando las señales de alarma empiezan a
encenderse, en este momento pareciera que todo comienza a derrumbarse y, en efecto es así,
pues quien antes era el causante de mi felicidad, ahora es responsable de mi desdicha y una
sensación de fracaso nos toma por completo.

Si atendemos a tiempo estas alarmas, es posible que con la ayuda adecuada podamos
redimensionar nuestra realidad y salvar la relación, el trabajo terapéutico se pudiera realizar en
pareja, pero también es posible hacerlo desde lo individual, pues como ya he mencionado en

párrafos anteriores, son nuestros aspectos internos, los que dan significado al otro y a la realidad
que percibimos.

De todas maneras, no es posible garantizar la perpetuidad del amor, a veces las relaciones llegan
a su fin y es poco lo que se puede hacer, a veces ni siquiera se cuenta con la voluntad o fuerza
necesaria para intentarlo, y es cuando debemos aceptar que el amor llegó a su final.
Aceptar la pérdida del ser amado implica mucho dolor y sufrimiento, potenciado por la sensación
de fracaso, miedo a la soledad e incertidumbre ante una nueva realidad que hasta entonces había
estado negada para nosotros.

Sin embargo, aunque lo parezca, no es el fin, por el contrario, se abre una nueva oportunidad, la
de reencontrarnos con nosotros mismos, tomar consciencia de nuestros deseos, necesidades,
anhelos y sobre todo conocer y aceptar esos aspectos oscuros, sombríos que también forman
parte de nuestro ser, hacer este trabajo, será fundamental para establecer una relación autentica
con nosotros mismos y en consecuencia con el otro, es decir, aprender de nuestra experiencia,
crecernos ante el dolor y desde ahí darnos paso a nuevas oportunidades.

La peor pérdida amorosa que se puede experimentar, es la ausencia de amor propio, ante una
ruptura amorosa, es fundamental recuperar nuestro norte, lo principal es buscar la reconciliación
con nosotros mismos, desde la compasión, con la humildad necesaria para buscar la ayuda
adecuada, más que culparnos de nuestros errores, hacerlos conscientes, aprender de ellos,
recuperar nuestra autonomía y agradecer al amor perdido, porque a través de él evolucionamos,
sentimos, crecimos, fuimos capaces de hacer cosas maravillosas y conocimos una mejor versión
de nosotros mismos.

Instagram y Twitter: @nathalybayed
nathalybayed@gmail.com